
Intenta encerrarlos, aunque sea en el mismo bello lugar al que acuden día tras día y perecerán, sin remedio, a las pocas horas de su sitio; o a lo peor, lentamente, al ritmo que su voz enmudece y sus alas impedidas dejan de moverse. Condenados, perderán su plumaje, su cuerpo se tornará débil, sus miembros entumecidos, el brillo de sus ojos se desvanecerá hasta desparecer y su cada vez más quebradizo gorjeo dejará finalmente de escucharse.
Porque hay aves a las que, si víctimas de su propio cautiverio, no se las puede limitar de forma ortodoxa.
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